Logo preload
Menú
Ir arriba

La distinción entre derecha e izquierda es tan intuitiva como imprecisa. Intuitiva porque todo el mundo sabe que quien se identifica con la autoridad y el orden es de derecha, mientras que quien está de acuerdo con la igualdad y la crítica del poder es de izquierda. Es tan intuitiva que incluso tiene que ver con profesiones u oficios y hasta con edades. Por eso no nos extraña encontrar a un empresario de derecha, a un sociólogo de izquierda, o a un joven activista de derechos humanos de izquierda y a un veterano comerciante de derecha.

Ahora bien, si la distinción es intuitiva lo es también porque no se diferencia solo por sus posturas ideológicas ante el Estado, el mercado, la sociedad civil y la persona. Sus diferencias pasan también por las emociones que inspiran: la gente de izquierda tiende a ser soñadora, los de derecha parecerían estar siempre enojados y los de centro son flemáticos. Por eso, a aquellos los descalifican por idealistas, a los otros de cínicos y a estos de tibios.

Sin embargo, aunque la distinción es útil para formular una cartografía de las posiciones políticas y es muy socorrida por los medios durante las campañas electorales, luce cada vez más desfasada para clasificar los debates contemporáneos.

Así, la distinción es imprecisa porque cada una contiene un universo de posiciones que van desde Franco y Pinochet hasta Reagan y Thatcher de un lado, y desde de Stalin y Castro hasta González y Mitterrand, del otro. Hay que decir, sin embargo, que no solo izquierda y derecha son categorías políticas imprecisas. A decir verdad, todas las categorías políticas adolecen del mismo problema, o en palabras de Carl Schmitt, todos los conceptos políticos son polémicos. La prueba está en que igual de genéricos o aún más son los conceptos de libertad, igualdad, seguridad, soberanía, justicia o paz.

Por eso, ¿tiene sentido seguir hablando de izquierda y derecha en el siglo XXI? ¿Qué significado tienen estas categorías en el debate público? ¿Qué contenido tiene el centro político?

1989: el año en que el mundo cambió

Ser de derecha o de izquierda perdió significado tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991, pues entramos a un mundo post-ideológico, un mundo caracterizado por la ausencia de categorías políticas fuertes y grandes cosmovisiones representadas por los partidos políticos. Entre nosotros fue también la época del fin del bipartidismo, de allí que después de la administración de Samper (1994-1998) los conservadores y los liberales nunca más volverían al poder con sus banderas tradicionales. Fue también la época de la explosión de partidos y movimientos políticos promovida por la Constitución de 1991, la cual fortaleció el pluralismo, pero acentuó la dispersión ideológica.

Por supuesto, no todo es gelatinoso en las conversaciones políticas: los populismos, el capitalismo y la democracia son algunas de las ideas fuertes que subsisten, pero ya no son de derecha ni de izquierda: se amoldan a unos y a otros por igual.

Los años de 1989 y 1991 significaron el Fin de la Historia o el triunfo de la trinidad occidental decretado por Fukuyama: democracia, capitalismo y liberalismo. Fue también el año que se desveló el fracaso del socialismo real, es decir, el desplome del comunismo en la Unión Soviética y sus satélites del Este de Europa. La paradoja es que, aunque triunfante, la democracia liberal no logró consolidar su triunfo en el mundo de la posguerra fría y el vaticinado proceso de democratización se desaceleró, pero sobre todo, incumplió dramáticamente algunas promesas de bienestar social, estabilidad institucional y paz. El caos geopolítico de los noventa fue bien retratado por Robert Kaplan y Samuel Huntington, quienes muy pronto le aguaron la fiesta a los entusiastas que, omitiendo sus advertencias, interpretaron la tesis de Fukuyama como una filosofía de la historia inexorable.

La izquierda, por su parte, se reinventó bajo el nombre de “socialdemocracia” y tomó distancia de los horrores de quienes en el siglo XX aplicaron la consigna marxista de que la violencia es la partera de la historia al costo de millones de vidas humanas. De este modo, al terminar el que Hobsbawm llamó “el breve siglo XX”, el tablero del ajedrez político global había cambiado.

De la igualdad obrera a la igualdad simbólica

La agenda política de quienes se sentaron a la izquierda en la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa y estaban en contra de que el Rey tuviera derecho de veto sobre los actos de la Asamblea, cambió alrededor de la década de los sesenta del siglo pasado. El mayo francés, la posmodernidad, el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos y el proceso de descolonización en África llevaron a la izquierda a asumir causas que trascendían la búsqueda de igualdad material y gravitaban sobre asuntos culturales catalogados con la etiqueta “progresista”. Para decirlo en la terminología marxista, se enfocaron en la superestructura y descuidaron la infraestructura, un proceso que se profundizó tras el fin del socialismo real cuando la izquierda salió del poder en decenas de países.

La corrección política en las universidades de Estados Unidos, los estudios poscoloniales, la popularización de la terminología foucaultiana (para no hablar de los usos y abusos de su obra), la agenda de la liberación sexual (aborto y matrimonio entre homosexuales) y las políticas de la memoria son algunos de los campos de batalla de una izquierda que se reinventó en lo cultural mientras se adaptó en lo político y lo económico. La socialdemocracia se amalgamó con un Estado de bienestar cuyas políticas más exitosas estuvieron en los países nórdicos y entre nosotros, el populismo de izquierda vivió, a finales del siglo pasado y en la primera década del siglo XX su momento de esplendor con el pomposo nombre de “socialismo de siglo XXI”.

Para la izquierda, atrás quedó la lucha dura por una igualdad material, básicamente porque fue incapaz de ofrecer un modelo alternativo al capitalismo liberal. De ahí que después de 1990 sea más fácil encontrar en el mundo gente que ha salido de pobreza por cuenta del crecimiento económico que de los subsidios estatales. China e India son dos casos elocuentes de la tendencia global de reducción de la pobreza que el Covid-19 frenó en seco.

Sin las viejas banderas de la igualdad material, la izquierda progresista habla hoy más de víctimas que de pobres, más de marginados que de obreros, más de minorías que de pueblo. Y es una paradoja, toda vez que autores como Michael Sandel o Peter Sloterdijk han llamado la atención sobre el hecho de que la globalización trae consigo ganadores y perdedores. Pero mientras la derecha tiende inercialmente a aliarse corporativamente con aquellos, la izquierda parece no encontrar la clave para abogar por estos. De allí su dificultad para representar el resentimiento de quienes se sienten excluidos del proceso de globalización y reclaman no solo bienes materiales sino reconocimiento y dignidad, es decir, thymos.

Aún con sus ganadores y perdedores, la globalización puso de presente el triunfo del capitalismo como sistema de intercambio económico. Por eso, hasta China y Rusia, las otrora mecas de la izquierda global, adoptaron un capitalismo político —en la terminología de Branco Milanovic— o un “crony capitalism” que ofrece riqueza sobre todo para los amigos del régimen. Y aunque la crisis financiera del 2008 incrementó el tono de las críticas al capitalismo financiero, no generó cambios estructurales en el sistema económico dominante. Y ya en tiempos de pandemia, con una crisis económica global, el auge de la conversación alrededor de una renta básica universal ha sido una propuesta para corregir las desigualdades materiales, tan audaz como adaptable al mismo modelo del Estado de bienestar (o Social de Derecho entre nosotros) vigente pero agotado por demandas que aún no sabe cómo financiará.

En síntesis, en un mundo post-industrial en el que convive una producción deslocalizada con un capital globalizado y cuyo producto son sujetos híper-retribuidos y sujetos precarizados, la izquierda no encuentra alternativas para corregir las desigualdades que genera el sistema económico dominante y la derecha insiste en incrementar la misma dosis: libre mercado + productividad = prosperidad. Unos y otros repiten su fórmula cual mantra, pero la verdad es que ambos siguen desconcertados.

La democracia y el Estado, ni de izquierda ni de derecha

En lo político, tanto la izquierda como la derecha han sido más hábiles para adaptar las costuras del régimen político a sus necesidades. Por eso, autócratas de derecha como Víktor Orban o Recep Tayip Erdogan y de izquierda como Hugo Chávez o Alexandr Lukashenko han sido muy exitosos en implementar en sus países democracias autoritarias o iliberales: celebran elecciones (pero amañadas), mantienen los poderes públicos (pero cooptados) y garantizan derechos ciudadanos (pero no todos).

Por eso, salvo los libertarios, hoy casi nadie discute si se necesita o no el Estado. La discusión es más bien cuantitativa, si se quiere: cuánto Estado necesitamos, además de cualitativa: de qué temas debe ocuparse el Estado. Y así, la división la traza que para la izquierda se necesita más Estado (como sostienen los demócratas en EEUU, el PSOE en España o los laboristas en Reino Unido), es decir: más y mejores pensiones, más y mejor educación pública, más y mejor salud pública. Mientras que la derecha adolece, a este respecto, de cierta esquizofrenia, porque no se pone de acuerdo sobre cuánto Estado se necesita (unos se han ido engolosinando con el asistencialismo y otros creen que hay que reducir la burocracia estatal), mientras que sus prioridades tradicionales siguen siendo las mismas: más gasto militar y menos impuestos para las empresas.

Como se ve, la distinción entre izquierda y derecha fundada en la orientación ideológica es un factor clasificatorio. Pero solo eso. Hay izquierdas muy eficientes (Suecia) como desastrosas (Venezuela), así como hay derechas moderadas (Uruguay) como autoritarias (Hungría). La línea divisoria de la política contemporánea pasa por otras categorías.

¿Dónde está el centro?

Históricamente trascendió el lugar donde se sentaron entre agosto y septiembre de 1789 los amigos de Robespierre (llamados la montaña) y los amigos del Rey (llamados la llanura) en la Asamblea Nacional en Versalles. Pero poco se habla de que hubo también un grupo de individuos que estaban indecisos y se ubicaron en el centro (llamados la marisma). Luego, el centro, a juzgar por la anécdota clasificatoria, es tan antiguo como la derecha y la izquierda.

Y si los extremos del espectro político han sido definidos sobre todo por sus posturas ideológicas, el centro, por el contrario, se define más bien por su actitud emocional, casi diríamos, existencial. Son moderados por definición, flemáticos he dicho, al situarlos en el mapa de las emociones. Su principal bandera es el rechazo de los extremos. Su mayor dificultad es mostrar una agenda propia, porque al distanciarse de los extremos, su postura parecería ser tan solo residual: toman lo mejor de la izquierda (preocupación por la desigualdad) y de la derecha (libre mercado). Quizás Nicolás Gómez Dávila estaba pensando en ellos cuando escribió que la política consiste en evitar las peores soluciones.

Al centro, no obstante, le falta pathos o pasión. Por evitar el riesgo de recostarse mucho sobre los extremos, le cuesta mucho simplificar, que es el arte de la política electoral, e inspirar compromisos fuertes en los electores. Su obsesión por los matices es incomprendida en un contexto como el actual en el que se plantean las discusiones de modo binario: fracking: sí o no, corridas de toros: sí o no, cambio climático: sí o no, y así. El centro, sin embargo, parecería tener una gran oportunidad en medio de este asfixiante clima de polarización si logran mostrar que los matices y los grises no son un vicio de los indecisos sino los aspectos que los activistas de lado y lado pasan por alto y pueden ser un punto de encuentro.

Una agenda para la izquierda, el centro y la derecha tras la pandemia

Tanto por inercia como por necesidad, la pandemia del Covid-19 empoderó a los Estados nacionales. Las dificultades que evidenció para anticipar los riesgos globales, para cuidar a los más vulnerables y para equilibrar los valores políticos que una situación de emergencia demanda abren una conversación sobre su diseño institucional y sus liderazgos.

Por supuesto, el Estado moderno dista de ser un modelo uniforme. En su último libro, James Robinson y Daron Acemoglu han formulado una interesante distinción entre los tres tipos de Estado que conviven en el mundo contemporáneo: Estados ausentes, Estados despóticos y Estados encadenados. El éxito de estos últimos es un corredor estrecho, dicen ellos, entre una sociedad civil fuerte y unas instituciones sólidas. Así, un Estado fuerte se define por el control de la violencia, el cumplimiento de las leyes y la provisión de servicios públicos. Solo en ese contexto, advierten, puede florecer la libertad. Se trata, sin duda, de toda una agenda de construcción y fortalecimiento del Leviatán que podría asumir todo el arco político.

Algo similar ocurre con el medio ambiente y el cambio climático, asuntos de los cuales depende, lo sabemos cada vez mejor, la propia sostenibilidad de la era del antropoceno. Las conquistas del feminismo son probablemente la revolución social más relevante de las últimas décadas, pero aún falta mucho recorrido para la igualdad de género. Un compromiso con lo público que trascienda el individualismo tan propio de una ciudadanía que solo participa activamente cuando la convocan a las urnas o cuyas lógicas mercantilistas nos han convertido en una sociedad de consumidores puede tomar forma en las costuras de un civismo liberal que se haga cargo del desafío de conciliar las libertades individuales con las virtudes cívicas y empiece a hablar más de cuidado, solidaridad y compasión.

Finalmente, autores como Yuval Noah Harari sostienen que el uso abusivo de la inteligencia artificial está anulando nuestro libre albedrío y nos está convirtiendo en autómatas de los clicks y de emociones políticas teledirigidas. El capitalismo de la vigilancia no solo pone en riesgo las libertades individuales sino también la legitimidad del sistema político, pues altera el proceso de toma de decisiones y empodera de modo fraudulento a grandes compañías tecnológicas y a proyectos políticos autoritarios.

Como se ve, la agenda de la pos-pandemia requerirá otras categorías, pero, sobre todo, más acuerdos fundamentales y menos partidismos anacrónicos.

Fuente