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El régimen cubano espera volver a la política del deshielo de Obama y obtener beneficios económicos sin hacer ninguna concesión en cuanto a la apertura democrática en la isla.

Joe Biden tiene dolientes en Latinoamérica. El neototalitarismo de la izquierda bolivariana, encabezado por los regímenes de Cuba y Venezuela, ansía que se compruebe oficialmente un triunfo del demócrata en la disputada última elección presidencial estadounidense.

Para esa corriente política latinoamericana, la llegada Biden a la Casa Blanca sería un alivio y una posibilidad de acercamiento con Washington. Algo imposible con la firme postura en contra de los regímenes socialistas de la región que ha mantenido Donald Trump.

Las tensiones en el hemisferio no desaparecerán pero si tomará nuevas formas. De darse ese escenario, la VIII Cumbre de las Américas del próximo año, programada a celebrarse en los EE.UU., sería una oportunidad para que Joe Biden marque la diferencia de estilo.

Carlos Malamud, investigador principal de América Latina del Real Instituto Elcano dice que esa sería «la ocasión ideal para medir en su totalidad la dirección y la estrategia de la política latinoamericana de la nueva Administración».

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, fue pragmático en su relación con Trump y logró un buen entendimiento. Se prevé que también lo haría con una hipotética presidencia de Biden.

Cuba sí aspira a un cambio mayor. La alta cúpula del castrismo sueña con un retorno a políticas de apertura como con Obama.

El Grupo de Puebla, asociación internacional que viene a sustituir al Foro de Sao Paulo, recibiría con beneplácito una presidencia de Biden cuya postura permisiva hacia los regímenes totalitarios de América Latina permitiría afianzar al bloque bolivariano en la región.

Venezuela también espera un relajamiento de las presiones de Washington y  reitera su vieja promesa incumplida de «diálogo». Sin embargo, las sanciones sobre los principales dirigentes maduristas, señalados por participar en el narcotráfico, difícilmente dejarán de existir. 

Perú y Chile, en plena incertidumbre política, también tendrían que reacomodarse si el poder cambia de manos en EE.UU. Perú vivió una fallida sucesión presidencial transitoria a meses de unas elecciones generales. Chile, por su parte, tiene pendientes las elecciones a constituyentes para redactar una nueva Constitución que se estima puede virar al país a la esfera del socialismo chavista.

La investidura en Bolivia de Luis Arce, parece fortalecer al bloque bolivariano. Pero, a pesar del  regreso del exilio voluntario de Evo Morales, Arce ha marcado distancia y asegura que «Este, será mi Gobierno». Arce fue exministro de Morales y se dice que administró las finanzas con austeridad y tino. Demostró tener claro que una cosa es el discursos político para contentar a las masas y otra jugar con los aspectos vitales de la economía.

Sin embargo, la victoria boliviana se interpretó como un triunfo para los integrantes del grupo de Puebla, iniciativa de Alberto Fernández, y refugio de políticos de ideales trasnochados y expresidentes de una izquierda que quiere recuperar protagonismo.

En ese espacio conviven Rafael Correa, Fernando Lugo, Ernesto Samper, Dilma Roussef o Lula Da Silva. Por parte de España, sus máximos representantes son José Luis Rodríguez Zapatero y la ministra Irene Montero.

A la Argentina controlada por el kirchnerismo le conviene una presidencia de Biden.  El país necesita un acuerdo con el FMI y necesita de su apoyo. Sobre todo cuando desde el gobierno se ve complicado con corrupción sistemática, estímulos de toma de tierras, estampida de empresas y asaltos al Poder Judicial.

Con información de ABC. / Fuente