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Las elecciones de 2022 están a la vuelta de la esquina. Nominalmente, a Duque le quedan 22 meses de gobierno, pero en realidad, tiene un año para cumplir con su programa, el cual se ha visto severamente entorpecido por la crisis de la pandemia.

La extrema izquierda neocomunista, se ha encargado de sembrar y estimular el caos, para afectar de manera grave al Estado. Son ellos los promotores -con el apoyo decidido de estructuras armadas ilegales- los que promueven las jornadas de protesta que indefectiblemente han desembocado en actos de vandalismo y amotinamiento.

El gobierno, hay que decirlo, en ocasiones ha sido dubitativo a la hora de enfrentar esos rebrotes de violencia, lo que ha servido para que los antisociales arrecien sus actos terroristas. 

Vemos a una izquierda radical fortalecida, envalentonada y a la ofensiva, mientras que los sectores defensores de la democracia y del régimen de libertades parecen estar a la deriva, respondiendo los ataques, sin un plan concreto ni organización política.  

Desde el lugar donde se encuentra en condición de secuestrado, el presidente Uribe ha hecho insistentemente la advertencia de que hay que tener mucho cuidado con las elecciones de 2022. 

No estamos de recreo. Está de por medio el futuro de la democracia colombiana, razón por la que no es momento para ‘jugar a la política’, ni para improvisar.

Son evidentes las quejas de muchos seguidores del uribismo al gobierno del presidente Duque. En defensa del mandatario, debe reconocerse que él es una persona decente, transparente y leal. Seguramente se ha equivocado descomunalmente con la designación de personas afectas al nefando santismo, pero eso no lo convierte, ni mucho menos, en un traidor.

Es evidente que el primer mandatario quiere acertar y, en su sabiduría, ha tomado las decisiones que de acuerdo con real saber y entender son idóneas para el momento que vive Colombia. 

No obstante, no puede desconocerse que hay una absoluta incertidumbre y falta de claridad respecto de las próximas elecciones presidenciales. No se vislumbra en el panorama un candidato de eso que llaman ‘centro-derecha’ capaz de enfrentar con éxito al neocomunismo. Igualmente, será muy difícil que con los bajos índices de aceptación del gobierno nacional, el electorado quiera ‘premiar’ a un candidato continuista.

Nunca, la ciudadanía ha inclinado su intención de voto a favor de un candidato que se muestre como el encargado de extender en el tiempo y en el espacio la obra de un gobierno impopular. A Duque, hay que decirlo, la opinión pública lo ha tratado con extrema -y posiblemente injusta- severidad. Él, a diferencia de los otros mandatarios que ha tenido nuestro país, no tuvo lo que comúnmente se conoce como la ‘luna de miel’ en el ejercicio del poder. Desde el día uno de su mandato, empezó a recibir fuego de altísimo calibre, desde todos los frentes posibles. 

No es de menor cuantía el problema a resolver, lo que no significa que haya que decretar una capitulación. No es la primera ni será la última vez que nuestra democracia se encuentre bajo una grave amenaza y, por eso, hay que aunar esfuerzos y redoblar la capacidad de trabajo con el fin superior de impedir que en 2022, el neocomunismo le arrebate la libertad a los colombianos.

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