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En una pared blanca al aire libre está la imagen de la Virgen de Guadalupe pintada a brochazos. Adelante se forma una medialuna de sillas ocupadas por seis jovencitas que conversan y que dan la extraña sensación de asistir a un grupo de superación y autoayuda. El cuadro lo termina de componer un aviso de letras rojas, que alcanza a acariciar la aureola de la Virgen y en el que se lee: «Tertulias de amor para mi Dios en el recinto de María». No es gratis que Barrio Antioquia se llame oficialmente La Santísima Trinidad.

El taxista se ha filado sobre la carrera 65, en un intento por llegar, sin hacerse notar mucho, a lo que fueron los dominios de Griselda Blanco. Un tórrido aliento a marihuana traspasa la ventanilla. De acera a acera comienza el territorio de una de las ciento diecinueve bandas de muchachos armados que existen en Medellín, como residuo de una pugna de más de treinta y cinco años por quedarse con el control de las plazas de vicio, de la coca al menudeo, de los puchos de bazuco.

Este es el paisaje de Barrio Antioquia: las peladas que le rezan a la Virgen; el vecino que se asoma a la ventana, y que a lo mejor sale todos los días a ganarse un salario mínimo; el pillo huidizo que mete marihuana en la esquina y que ve pasar con recelo el taxi que comienza a perderse entre los callejones.

«¿Por qué, a pesar de tanta mierda, este barrio es poder?» fue la pregunta con que la antropóloga Pilar Riaño tituló un artículo, resultado de una investigación en la cual indagó sobre los orígenes de este barrio de contrastes, en donde no nació Griselda Blanco —hay que decirlo, porque fue en Santa Marta— pero donde se hizo mujer, mamá y narcotraficante.

Dos doñas que están sentadas sobre la acera exterior de una casa todavía se acuerdan de la madre de Griselda: Ana Restrepo, una mujer que lucía una nube en un ojo, producto de las cataratas y a la que le decían la Cucha; y de su padre, Luis Carlos Blanco, conocido como el Pato. La una era prostituta, el otro, taxista.

En 1951, aquella barriada naciente, pegada incestuosamente al Aeropuerto Olaya Herrera, comenzó a untarse de la vida alegre. Todo gracias a un alcalde de Medellín, Luis Peláez, a quien se le ocurrió decretar que todos los prostíbulos serían confinados en una misma zona: el Barrio Antioquia.

Entonces, aquí llegaron no solo las putas, sino los contrabandistas de licor y de cigarrillo, los carteristas, los jíbaros, los burócratas y oficinistas escapados de sus casas. Arturo Gallo Restrepo, un líder comunal de Barrio Antioquia, ya fallecido, dejó un escrito a máquina en el que se desahoga de lo que significó para la comunidad dicha medida administrativa:
«Fue tal el irrespeto del que fue víctima el sector que los vehículos oficiales llegaban cargados de prostitutas, recogidas en barrios cercanos al centro, como Las Camelias, La Bayadera y sobretodo en Lovaina. Con esto pretendían las autoridades eclesiásticas y civiles que las familias de bien subastaran sus casas, con tal de ver convertido el barrio en un corral de vicio alejado de la sociedad, tanto física, como moralmente».

Es curioso que Duqueiro le advirtiera a Escobar que si se metía de cabeza a transportar droga «sería el hombre más rico del mundo, pero también el más lleno de problemas».

Es paradójico si se tiene en cuenta que, por un lado, Duqueiro terminó exportando coca y finalmente fue asesinado por orden de Griselda Blanco, según el testimonio de un agente de inteligencia de la policía de la época. Y, por otro lado, porque, anticipándose al futuro que le esperaba a Pablo, no pudo haber sentencia más certera.

Fue tanta la presión oficial que para que los moradores pudieran salir de la zona debían presentar un salvoconducto.

Griselda era la mayor. Le seguía Luis, o Patas Agrias, «como lo quieran llamar», insisten las vecinas; luego Nury, y por último Olguita. «¿Me preguntaba por qué Griselda era de apellido Blanco y su hermana era Nury Restrepo? Entienda que Ana trabajaba en una casa de citas, y pues eso explica muchas cosas», remacha con cierta ironía una de las doñas, de sesenta y seis años.

Griselda creció con las necesidades de un hogar en el que escaseaba hasta la comida. «Pero no era vagabunda. Eso es mentira. La mamá sí trabajaba en un burdel, eso no se puede negar», declara Robertico, a quien se le suele escapar siempre una muletilla todavía más particular que él: «escucha bien, sé sabio».

Al lado de la fila de hembras dispuestas a cobrar por un ratico, aparecía la niña, la hija de la Cucha, en la mitad de la pista iluminada por la luz mortecina del cabaret, bailando, moviendo el diminuto cuerpo ardoroso y moreno —un cuerpito diez, diría Robertico— para ganarse un billete, para que le regalaran un pesito de propina.

Esa fue la imagen de su niñez que la Madrina se encargó de venderle a su peluquero durante el tiempo que lo conoció. Él fue quien le escuchó sus reclamos, sus penurias, la preocupación por el cáncer de colon que había desarrollado su cuerpo durante la vejez, todas esas desavenencias y dolores que no la abandonaron en el pináculo de su vida.

Cierta vez le oyó decir que fue en ese contexto de casas de lenocinio y de bombillitos rojos donde conoció a Darío Pestañas. El hombre era de esos ladronzuelos que llevaban con cierto orgullo el mote de camajanes: vestido a la moda, pelo engominado, fumador de marihuana y contrabandista. «Era bajito, de pelo ondulado, muy bien parecido. Las pestañas eran crespas, lindas. Se lo pasaba jugando cartas y billar en el bar Andaluz», agrega una de las doñas.

El matón de los años setenta solía usar camisa de seda brillante. La tela debía ser tan poco rugosa, de forma que le permitiera deslizar, en cuestión de segundos, el revólver que llevaba guardado entre los calzoncillos y la pretina del pantalón

De Pestañas también hizo registro Alonso Salazar, en La parábola de Pablo, pues aquí, en este tiempo, comienzan a configurarse los dos personajes más influyentes, por desventura o como lo quieran catalogar, de la historia del narcotráfico en Colombia: Griselda Blanco y Pablo Escobar: «Los galafardos soñaban con dólares, dolaretes, dolorosos. Para buscarlos, Darío Pestañas y algunos otros conformaron una especie de cartel de ‘cosquilleros’ —como nombraban a los manos de seda que despojaban a las víctimas de sus billeteras, sin dolor, sin que se dieran cuenta—. Viajaban a Panamá, Caracas, Puerto Rico, a Nueva York a robar en el metro, en los autobuses y en las calles y regresaban a darse una vida de bacanes, a darse la vida suave en bares y prostíbulos».

El salto del contrabando al tráfico de cocaína y marihuana llegó por varias vías a La Santísima Trinidad. Muy pocos lo saben, pero hacia el año 1960 aterrizaron en Barrio Antioquia un puñado de indígenas de Otavalo, Ecuador —ruanita, sombrerito, vestido largo—, que trajeron un tesoro entre las manos: el polvo blanco.

En el libro La piel de la memoria, de Mauricio Hoyos Agudelo, se lee:
«Desde 1960 comenzaron a llegar estas personas. Algunos de los habitantes tradicionales afirman que ellos fueron los que inicialmente empezaron a importar la base de cocaína para los primeros laboratorios que funcionaron en Medellín. De hecho, son asociados con algunos de los duros que vivieron en el barrio entre 1960 y 1970, es el grupo étnico que menos se integró a las dinámicas sociales del barrio, hasta que se ocuparon de actividades comerciales y en algunos casos en el contrabando entre el Ecuador y Colombia».

Pablo Escobar Gaviria transitaba por la flor de su juventud y, pese a la ambición que ya se le conocía como jalador de carros y traficante de licor, nadie que lo viera así —núbil, jocoso y sin sal, llegando de cuando en cuando a un prostíbulo conocido como La Curva del Bosque— lo imaginaría una década más tarde tomando ventaja en el negocio de la coca.

Era el momento de decidir si se optaba por continuar trayendo filas de camiones cargados de contrabando de La Guajira (la costa Norte de Colombia) o seguir por el insospechado rumbo de la droga. Se dice que quienes fueron patrones de Escobar, Jaime Cardona Vargas, el Rey del Marlboro, y don Alberto, apodado el Padrino, no estuvieron de acuerdo. Otro de los que se rehusó en un principio, pero que terminó dejándose tentar por el próspero negocio del «sueño blanco» fue el Negro Duqueiro, quien según el Mono John Jairo, llegó a traer a Medellín, en un solo fin de semana, más de cincuenta camiones llenos de licor, de ese que no pagaba impuestos.

Los nacientes narcos colombianos tenían un espejo que no provenía precisamente de su realidad inmediata, sino de las novelas de ficción. Desde 1969, Mario Puzo había puesto en escena, y aquí viene de nuevo El Padrino, una discusión similar que resultó extraordinariamente profética. En la cinta de 1972, Marlon Brando, haciendo las veces de Vito, se ve sentado dando la espalda a la cámara, sin saco, sin corbata, apenas con las cargaderas puestas y preguntando:
—Santino, ¿qué piensas tú? —interroga a su hijo mayor.
—Hay mucho dinero en ese polvo — le contesta.
A continuación, Tom Hagen, el consigliere de la familia, el abogado encargado de transformar en limpio lo sucio, se viene con un discurso que marcaría el camino de una realidad espantosa. Un reflejo tremebundo de lo que vendría después, incluso en Colombia, un vaticinio propio de una obra maestra que perdura en el tiempo y que se va hasta la realidad y regresa.
—Yo diría que sí, se ganará más en narcóticos que en todo lo que hacemos. Y si no participamos, alguien más lo hará. Quizás una de las cinco familias, quizás todas ellas. Con el dinero que ganen podrán comprar más poder policial y político para intentar liquidarnos. Actualmente, tenemos a los sindicatos y al juego. Es lo mejor por ahora, pero los narcóticos son el negocio del futuro. Y si no participamos, arriesgamos todo lo que tenemos —dijo Hagen.

En una escena posterior, el viejo Vito, el Padrino original, vuelve a hacer mención del tema: «Solo una vez me rehusé a prestar un servicio. Y, ¿por qué? Porque creo que el negocio de las drogas nos destruirá en el futuro».

Los viajes hacia Nueva York y posteriormente a Miami comenzaron a ser más frecuentes entre los habitantes del barrio. Las doñas del andén se interrumpen y se apresuran a decir, una primero que la otra y viceversa, que el primero en ganar fama con sus travesías nonc santas fue Salomón, alias Bastondioro.

Antes de que Griselda apareciera en el mapa, quienes llevaron coca a Nueva York fueron los hermanos Mejía (eran cinco), nacidos y criados en Barrio Antioquia. Eran los duros del paseo y se pensaba que para escalar en la pirámide habría que ser como ellos: fanfarrones, tomatrago, ostentosos y benefactores.

Varias personas que conocieron tanto a Pablo Escobar como a Griselda, apuntan a que en un principio la relación entre ellos fue de admiración, semejante a la que puede prodigar un aprendiz a su maestra. Antes de que se volvieran enemigos a muerte, ella le mostró a su alumno los primeros caminos para llevar cocaína a los Estados Unidos, pues aún no se podía hablar de rutas. Pero, dicho de otro modo, es honrado decir que cuando Griselda ya era la Reina de la Coca, Escobar apenas andaba montado sobre el lomo de una motico Lambretta, tratando de conseguir un kilo de coca para mandarlo hacia el norte.

Estando cerca de su muerte, y mientras se hacía arreglar las uñas, la Madrina diría que en el pasado llegó incluso a sentir aprecio por Pablo, pero que con el transcurso de los años —según ella— logró entender que él simplemente «era un güevón». ¿Por qué lo pensaba? «No sé», se detiene a pensar Robertico, «tal vez porque Griselda creía que era más aventajada, más inteligente que Escobar y porque consideraba que él era una persona fácil de manipular».

La Madrina no necesitó de nadie que estuviera o no de acuerdo con sus viajes. En el barrio cuentan que un zapatero muy famoso al que le decían Toño, recibió en 1969 una intempestiva visita de Griselda, ya parida de tres hijos: Dixon, nacido en abril de 1960, Úber de noviembre de 1961 y Oswaldo, de 1962.
—Toño, necesito que cojás estos zapatos y me le coloqués estos tacones y me le metás este polvo ahí. Y necesito que las suelas de los zapatos del marido mío también las llenés —le ordenó.

Toño le habría entregado a la hija de la Cucha diez pares de zapatos repletos de coca. El Mono John Jairo acota que así estuvo tres años ininterrumpidos y que luego la vieron con la fortuna «más impresionante del mundo». «Es que desde eso ella fue la reina de todo», dice.

Pero no solamente eran zapatos. Un artículo del New York Times, fechado el 2 de febrero de 1985, cita que el fiscal federal, John McEnany, denuncia que la red que tejió la Madrina antes de 1971 se las arreglaba para embutir la droga en brasieres, fajas especiales y jaulas para perros. Griselda le confesaría a Robertico que la modalidad que nunca falló fue la de mandar de paseo a sus amigas, las más anónimas que se pudiera, con cocaína entre pelucas discretas.

La cercanía de Barrio Antioquia con el Aeropuerto Olaya Herrera resultó determinante para que Griselda tomara verdaderas alas. «Ella tenía todo comprado alrededor del aeropuerto. No creás que dejaban diez o veinte kilos. Dejaba dos o tres. Un policía lo recogía en la malla y se lo entregaba al piloto. El noventa por ciento de esa droga terminaba en Nueva York y Miami. Griselda no tenía que mover un dedo, solo recibir los dólares», dice el Escritor.

La evolución de la terminal aérea se dio de manera casi paralela al devenir del barrio. Aún hoy es posible ver que un poco más del cincuenta por ciento de la pista, que mide 2.508 metros de largo y que es circundada por una malla a la que cualquiera puede encaramarse, colinda con un segmento de la carrera 67, precisamente la línea sobre la que se dibuja un paisaje de casuchas, talleres y un perro mugriento y desorientado que sale al paso y que, si hablara, diría que hemos llegado al barrio de La Santísima Trinidad.

Por José Guarnizo / Ilustración: Verónica Velásquez / Fuente