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Nuestra época puede definirse desde distintas perspectivas, muchas de las cuales tienen que ver con la tecnología (y seguramente sería importante hacer referencia al desastre climático). Una de ellas es como la era en la que las relaciones humanas empezaron a ser modificadas radicalmente por las redes sociales. Facebook, Instagram, YouTube, Twitter y otras redes sociales se han convertido en el espacio de socialización y consumo de información dominante de miles de millones de personas en el mundo.

Este hecho tiene numerosos efectos en la mente humana, muchos de los cuales apenas los estamos entendiendo. Uno de los más conspicuos e importantes tiene que ver con la formación o alteración de circuitos neuronales, particularmente aquellos ligados con la dopamina y nuestros hábitos de recibir pequeñas recompensas por microconductas. El ser humano está biológicamente diseñado para buscar la producción de dopamina para reafirmar su conducta o modificar situaciones que el cuerpo percibe como no placenteras o que parecen no conducir a satisfacer una necesidad biológica. Como hemos explicado antes al hablar de la «dopamina digital», ese característica del cerebro humano hace que las personas sean presas fáciles de las descargas de neurotransmisores que las redes sociales prometen, a tan sólo un clic de distancia.

Para entender este fenómeno hay un ejemplo muy sencillo. Supongamos que uno está trabajando en la computadora, empezando a hacer una tarea difícil que no promete un beneficio a corto plazo. Por ejemplo, uno está empezando a escribir un libro, pero resulta que las ideas no fluyen demasiado. O se está intentando aprender un idioma por cuenta propia y, como es natural, los resultados más deseados no ocurren inmediatamente. Una respuesta refleja en muchas personas actualmente ya es, al más mínimo momento de distracción, de estrés o de ansiedad, tomar el teléfono o abrir una nueva ventana del navegador de Internet y entrar a una red social. Ahí, por fortuna, todo es más estimulante y menos complicado para nuestro cerebro. Como señala el psicólogo Oliver Burkeman, quien durante años mantuvo una columna en el diario The Guardian:

La capacidad de tolerar la incomodidad es un superpoder. Es alarmante descubrir cuán fácilmente hacemos a un lado nuestras más grandes ambiciones en la vida simplemente para evitar niveles de displacer fácilmente tolerables… Esta es la manera en la que las plataformas de medios sociales crecen: proveyendo un lugar atractivo, instantáneamente disponible, al que podemos recurrir al primer atisbo de malestar.

Efectivamente, las redes sociales son como drogas suaves, siempre al alcance, siempre disponibles.

Sin embargo, lo más grave no es que pasemos el tiempo consumiendo contenido de baja calidad, entretenimiento o información que nos distraen de cosas que, sabemos, a la larga nos producirían mayores beneficios. El problema fundamental es que esto crea circuitos neuronales en nuestro cerebro (hábitos automatizados) que nos hacen cada vez más resistentes a tolerar el estrés y las situaciones incómodas, una habilidad esencial para la vida, pues además de que cotidianamente hay todo tipo de situaciones desagradables con las que debemos lidiar, el estrés (o la adrenalina) es un componente básico que nos lleva a mejorar nuestro desempeño y a producir momentos de alta concentración. El estrés, por supuesto, cuando es crónico, es la causa de la mayoría de las enfermedades, pero una forma de estrés, por ejemplo, cuando tenemos que cumplir con una meta o un reto, es el aliciente básico para enfocarse. La sensación de urgencia, que no nos desborda, el estado de calma alerta, es algo que se encuentra en la mayoría de las personas que logran alcanzar los niveles más altos dentro de una profesión. La atención se alimenta de la energía del estrés o de esta urgencia, pero para alcanzar un estado de concentración sostenido debe mantener cierta relajación. En otras palabras: ser capaz de tolerar la incomodidad y no ceder a la menor tentación de recibir efímeros placeres.

Los placeres de las redes sociales no son muy distintos a los de la pornografía. Al final el individuo suele quedar insatisfecho y con una sensación de malestar, deseando tener una experiencia de conexión no-virtual. Algunos estudios muestran que, después de una o dos horas en redes sociales, muchas personas experimentan depresión o ansiedad. La manera en la que funciona la dopamina biológicamente hace que lo importante no sea que el evento sea realmente placentero: lo importante es que genere deseo. La dopamina puede entenderse menos como un químico del placer que como uno del deseo, según comenta Burkeman. El algoritmo básico de sitios como Facebook o Instagram es darnos más de lo que ya nos gusta, como si apelara constantemente a nuestro gusto por el helado de vainilla (por ejemplo), mostrándolo de las formas más diversas, pero referido siempre a algo que ha identificado que ya nos gusta, que nos genera deseo.

Así, las redes sociales, ofreciendo imágenes e identidades altamente deseables (aunque generalmente artificiales o cuidadosamente editadas), nos mantienen en una cadena de deseos, persiguiendo rápidas y fáciles sensaciones y evitando que construyamos hábitos de bienestar más profundos.

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