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Las versiones de que Donald Trump retrasa la transición al no entregar información al staff de Joe Biden con el fin de ganar tiempo para intentar escapar de ser encarcelado pasando el 20 de enero, son absurdas y no hacen temblar a nadie que sea realmente un patriota en Estados Unidos.

En el remoto caso de que Trump fuera alguna vez a prisión, el nacionalismo norteamericano tendrá un mártir de derecha cristiana de la lucha contra el sistema de izquierda globalista. Poner al neoyorquino tras las rejas sería el mejor combustible para detonar al movimiento trumpista en gran escala.

En sólo cuatro años, el presidente de los Estados Unidos ha sido capaz de poner al descubierto a la maligna élite que ha estado dominando a este país, y al mundo, desde hace décadas. Una amalgama de grupos de poder con lógica de virus, sin respeto por la vida humana y las libertades, y para quienes la patria, la religión, la familia, y la propiedad privada, son estorbos a destruir.

Política para las minorías histéricas

Las políticas públicas socialistas impuestas por los alfiles de esta élite, privilegiaron a minorías histéricas y a colectivos violentos, dejando de lado a las amplias clases medias, no sólo de raza blanca, sino de ciudadanos latinos, negros y asiáticos, gente de bien que se dedica a trabajar, sin incendiar ciudades.

El pluralismo aplicado con cara sonriente por esta élite perversa, incluía a todo tipo de identidades delirantes, punks que en lugar de ganarse el pan con el sudor de su frente, quieren vivir del Estado, y cobrar por ir a marchas a vandalizar negocios de gente honesta.

Esa “casta gobernante” que sólo ve por su propio beneficio y sesiona en clubes exclusivos, usa como “software” de control psicosocial al “socialismo cool”, el posmarxismo cultural, el globalismo, la ideología de género, e impulsa el aborto como método para disminuir la natalidad global.

Esto explica por qué Black Lives Matter y Antifa, entre otras pandillas, como las que defienden que existen más de 100 géneros, al gusto –a la carta del sujeto que se autopercibe–, estaban tan contentos en la izquierda cobijada por la élite.

Dicho de otra manera, los gobernantes previos a Trump y sus cómplices, se dedicaron a cultivar a todos los parásitos que destruían en los hechos a las clases medias, que desplazaban en la agenda pública a la gente de bien, con valores de la cristiandad, olvidando el nacionalismo, y los derechos humanos.

La tiranía del mainstream

Nunca como ahora habíamos constatado cómo los medios de comunicación gordos –la tiranía del mainstream–, son capaces de encumbrar a cualquier idiota títere, moler a palos a adversarios políticos, ocultar información, y finalmente presentar una realidad fabricada a la sociedad. Esta élite ostenta poderes metaconstitucionales, y sus capitales trasnacionales no buscan beneficiar al trabajador en ningún país.

Nunca como ahora habíamos visto cómo las redes sociales –esos dioses de barro que conocen tu ritmo cardiaco, tus enfermedades, con quién te mensajeas, qué dices, qué comes, qué compras, dónde vives, dónde estás, tu edad, tu familia, tus preferencias políticas– meten la mano en la cacerola a fondo, para callar a quienes asumen como enemigos de sus intereses.

Desde su totalitarismo, desde el concepto que nos imponen, de “Estado digital”, hoy las redes sociales son sumamente invasivas –mucho más que un papanicolau, mucho más que el examen proctológico–, y aplican los avances de las neurociencias para inducir acciones de los ciudadanos, en su beneficio.

Twitter se ha metido hasta la cocina para favorecer a Joe Biden. Para qué necesitamos autoridades electorales, si esta empresa decide quién ganó las elecciones, y le pasará al demócrata la cuenta de @POTUS cuando se le dé la gana. Vigila cada frase de Trump para censurarla, bloquearla, calificarla, o contrastarla. Marcaje personal que ni la más paranoide novela distópica pudo pronosticar.

¿Quién les pone límites a estos engreídos Big Tech? Se presentan como la encarnación de la libertad de expresión, pero en los hechos imponen un código de conducta ideologizado, preferencias electorales, y tapan la boca del disidente.

El trumpismo patriota

Con Trump, el ajedrez cambió para siempre. Un hombre de negocios sin complejos irrumpe en la política y rebasa estándares al pensar fuera de la caja, escandalizando a las élites corruptas acostumbradas a modales delicados, pero hipócritas.

El trumpismo tiene los ojos bien abiertos, consciente de no dejar arrebatarse el país, que nadie puede tratar a las clases medias como ciudadanos de segunda, sólo por no ser minorías o salir a romper cristales. El trumpista es un patriota, y ama a Estados Unidos, gran país en donde hay libertad y se debe defender el nacionalismo, la religión, la familia, las leyes y el orden. Recuerdo a Carrie Mathison, de Homeland –o Peter Quinn–, como un ejemplo de patriotismo luchando por defender a su país, aun la protagonista acotada en una agencia del gobierno parte del deep state.

Oponemos al deep state, el deep country. El trumpismo es muy militante, y se ha volcado a las calles a reclamar sus derechos. Algunos han ido armados. La Segunda Enmienda avala la portación de armas. La defensa de la patria, de la familia, de la religión, ante los enemigos de la libertad, y los valores tradicionales, es una causa por la cual vivir o morir. Si te arrebatan esto, es el fin de los Estados Unidos.

Las propuestas de G.K. Chesterton, en torno al distributismo, representan una salida viable. Basadas en la doctrina social de la Iglesia, a grosso modo, empujan un poderoso fortalecimiento de las clases medias. No estar en manos del “Estado”, al que aspiran los mantenidos progresistas, pero tampoco en manos de la plutocracia, de la élite tenebrosa que aún subyace.

Trump, el emblema contra el socialismo del siglo XXI

Hay quienes no entienden que no hay que tener a Trump como ejemplo en su vida personal –todos cometemos errores y no somos unos santos–, sino por lo que significa para las derechas en Estados Unidos y en el mundo.

Por sus postulados geopolíticos como nacionalistas, Trump es un emblema para las derechas cristianas, y del combate contra el fascismo de ultra izquierda que se ha infiltrado en las escuelas, en las oficinas, en los diarios, en la mente de los millennials.

Es un emblema contra el socialismo del siglo XXI en América Latina: el principal opositor al Foro de Sao Paolo y al Grupo de Puebla. Es un ícono del nacionalismo contra el globalismo que dicta ideologías parasitarias. Es un símbolo del conservadurismo liberal contra el pernicioso posmarxismo cultural. Es resistencia contra el radicalismo musulmán.

Hay quienes aún no entienden que no sólo se trata de que Trump gane las elecciones. Expertos electorales me comentan que hubo sin duda alguna un gran fraude, operado de mil maneras. Sin embargo, no es sencillo probar todo el lodo. Pero la batalla de la derecha no se agota en estos comicios. Debe seguir. Va a crecer.

La comodidad del socialista en EEUU

Con estos cuatro años de Trump quedó claro que la ultra izquierda tiene en marcha planes muy claros para destruir los valores tradicionales. ¿Para qué? Es una lógica de “gobierno global”. Acabar o diluir todos los obstáculos para enseñorearse de la Tierra.

Es increíble que en los Estados Unidos haya gente que cree que el socialismo puede ser algo bueno. Lo dicen desde la comodidad de sus hogares ‘clasemedieros’ donde no falta el agua, ni refrigerador, ni internet. Opinan manejando una SUV, comiendo en el Chicken-Fil-A dentro del mall, y con decenas de oportunidades laborales.

No saben lo que es tener por desayuno un cigarrillo Popular en un solar de la Habana Vieja, con un baño para 16 familias, sin energía eléctrica, con sólo “luz brillante” (keroseno), y sin fula para resolver el arroz del día, en la Cuba de los Castro.

O buscar pan en la basura y aguantar a los vecinos que hoy son golpeadores del régimen y espías, en Venezuela con el chavismo y en Nicaragua con Ortega. O los abusos en Bolivia con Evo que ahí va de regreso, en Brasil con Lula, en Argentina con los Kirchner, en Ecuador con Correa y en México con AMLO. Líbranos, Señor.

Hay quienes no entienden lo que las acciones de Trump significan estructuralmente: la rebelión contra un sistema manejado por una corrupta élite que emplea millones de dólares en alimentar ideologías de izquierda. Para dominar instituciones mundiales y clases medias. Y que se vale de activistas resentidos, intelectuales a modo, anchors de pre-pago, y grupos de choque ultras para presionar y mermar la ley y el orden. Y de una “educación” de ambigüedad sexual, sin religión, sin amor a la familia, ni a la patria.

No lo entienden aún. Pero este es el combate en defensa de Occidente. Así, tal cual.

Fuente / Por: Raúl Tortolero