Logo preload
Menú
Ir arriba

¿Creen realmente estos apóstoles de la vacuna que los miles de trabajadores de la salud en Italia que arriesgan su trabajo y su carrera por no vacunarse son extremistas peligrosos o crédulos que beben de fuentes no confiables?

Ya que ahora se ha desencadenado la caza de los que no quieren vacunarse contra el Covid y la campaña de odio hacia los que son definidos despectivamente como “antivacunas” está alcanzando niveles sin precedentes, he decidido prepararme: no me voy a vacunar; vengan a buscarme si, además de hacer de leones en el teclado o de generales de las proclamas, ustedes tienen el coraje para un encuentro físico, real.

Pero empecemos por aclarar las cosas: yo no soy “antivacunas” en absoluto, como tampoco lo es la inmensa mayoría de los que no pretenden vacunarse contra el Covid. (…) ¿creen realmente estos apóstoles de la vacuna que los miles de trabajadores de la salud en Italia que arriesgan su trabajo y su carrera por no vacunarse son extremistas peligrosos o crédulos que beben de fuentes no confiables?

No me vacuno por muchas razones, tres en particular: porque los riesgos son mayores que los beneficios; porque hay un problema ético; porque dado el evidente propósito político del Pase Verde, esto se ha convertido también en una batalla en defensa de la libertad. Resumo el primer punto: en primer lugar, aunque no es nada deseable enfermar de Covid, y a pesar de que leyendo los periódicos parecería que al menos la mitad de Italia está infectada, la probabilidad de contagio es muy baja, tanto por mi estilo de vida personal (tengo poca propensión a juntarme) como por los datos objetivos: el boletín de anoche informaba de que en Italia hay algo más de 51.000 infectados (contagiados, no enfermos), es decir, el 0,08% de la población italiana. Y sólo una mínima parte de ellos ha sido hospitalizada con algún síntoma: 1.194 (2,3% de los infectados, lo cual constituye el 0,002% de la población italiana)Sin embargo, leyendo los periódicos y escuchando a la televisión, a los políticos y a diversos influenciadores, uno tiene la sensación de que una nueva ola ha vuelto a ponerse en movimiento. Pues bien, uno se asombra al comprobar que, en realidad, estamos asistiendo a un descenso considerable del número de pacientes de Covid: el 1 de julio, por poner un ejemplo, hubo 1.532 “hospitalizados con síntomas”. Esto significa que en 20 días se ha producido un descenso del 22%. Lo mismo ocurre con las terapias intensivas, donde el número de ingresos se redujo de 229 a 158 (31%) en 20 días.

Sin embargo, si me infecto, sé que puedo contar con un tratamiento temprano, que -tenemos muchísimas pruebas- da excelentes resultados. Por supuesto, nadie nos garantiza de que no vayamos a morir de Covid, pero lo mismo ocurre con las vacunas, como estamos viendo en los últimos meses. Debo actuar con prudencia y razón; pero no impulsado por el miedo a morir. En cambio, debo ser siempre consciente de que mi vida está en última instancia confiada a Dios (él es el Señor de la vida y de la muerte), no a los medicamentos, a los virólogos, a los generales (y ni tampoco a los sacerdotes).

Frente a esta baja probabilidad de contagio, existe un riesgo evidente en las vacunas experimentales, que se actualizan a medida que los vacunados registran reacciones adversas graves, incluso mortales; se desconocen los efectos a largo plazo, y su eficacia real aún está por demostrarse.

Los no vacunados son peligrosos, no porque sean portadores de contagios mortales, sino porque están fuera de control, algo que una sociedad que se está transformando rápidamente en un régimen totalitario no puede tolerar. Aunque se vacunara al 100% de la población, el virus no desaparecería, tanto porque produce siempre nuevas variantes, algunas de las cuales son probablemente causadas por las mismas vacunas y les escapan a ellas, como porque el virus circula por todo el mundo.

Al fin y al cabo, siempre ha quedado claro que las vacunas no son capaces de erradicar el Covid, sino de minimizar sus efectos. Los hechos de los últimos días demuestran que los mismos vacunados se infectan y contaminan, por lo que los Pases Verdes son cualquier cosa menos un certificado de seguridad sanitaria.

Los que se vacunan no por una decisión sanitaria razonada, sino pensando que van a recuperar así su libertad, pronto se llevarán una amarga sorpresa. Por el contrario, decir no al Pase Verde y a las vacunas obligatorias es ahora una batalla por la libertad contra un régimen que se está imponiendo con el aplauso entusiasta de sus víctimas.

fuente

Religión, La Voz Libre