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En el país donde todo pasa y no pasa nada, cada día se ve un escándalo nuevo y se olvida el del día anterior. Ya hemos normalizado tanto esto que está inmerso en nuestra rutina. En el país donde todo pasa y no pasa nada, cada día se ve un escándalo nuevo y se olvida el del día anterior. Ya hemos normalizado tanto esto que está inmerso en nuestra rutina, ya es difícil que nos escandalicemos por muertos, robos, corrupción y hasta por violaciones.

¿Eliminamos nosotros la empatía o no la quitaron? La empatía es poder percibir al otro en mí mismo tanto sus emociones como pensamientos. Gracias a la empatía generamos compasión, esto es la piedra angular de los estudios de Martha Nussbaum (filósofa liberal estadounidense).

En nuestro país es recurrente explicar las desgracias de los demás con palabras como «se lo busco» «le pasó por algo» «a ver si aprende» «eso pasa en todo lado» y todas las que se nos puedan venir a la cabeza.

¿Es coherente hablar de los demás sin tener un contexto preciso de ellos? Tragedias como la ocurrida en Tasajeradan una explicación con las premisas antes dichas. A las violaciones de niños, niñas y mujeres le damos justificación de la misma forma, los muertos en la guerra que carcome este país igual, los escándalos de corrupción y robos se unen a este tipo de explicaciones.

«Toda democracia llena de ciudadanos carentes de empatía engendra de manera inevitable más tipos de estigmatización y marginalización lo que exacerbara sus problemas en vez de resolverlos». (Ruth O’Brien)

La democracia no solo es ir el día de elecciones y votar, el voto es solo uno de sus mecanismos. La democracia es un ejercicio continuo de mutua ayuda y consensos. La empatía nos ayuda hasta entender por qué el otro piensa diferente y las causas de ello. Algo que le hace mucha falta a este país. Donde se sataniza y se estigmatiza lo diferente.

Es debido a esto que las instituciones como órganos demócratas en conjunto, permiten y generan dignidad humana y sus funcionarios no deben ser ajenos a ello, es por esto por lo que la compasión y la empatía deben ser fundamentales en ellas. Debido a lo anterior, es incoherente poner en una oficina de víctimas al hijo de un actor armado del conflicto; si bien, este no tiene culpa de lo hecho por su padre si lo desconoce al aseverar que este «es un preso político». Se observa la carencia empatía de él.

Por otro lado, que el máximo representante de una institución salga a decir que los escándalos de violaciones es cuestión de frutos podridos y que generalizar solo mancha el nombre de una «gloriosa institución», anunciar que este Gobierno es de la austeridad mientras funcionarios de este viajan con la familia en tiempos de pandemiacuando miles de personas no saben cómo buscar su sustento diario, la estigmatización de la protesta social cuando esta no es progobierno, e incluso, como se pone en tela de juicio la justicia cuando no es lo que se esperaba.

Igual que normalizar un muerto y escandalizar si estos se cuentan por decenas de ellos; como si la vida de uno o de diez no valiera lo mismo, o cada escándalo de corrupción nuevo donde podemos decir que debemos llevar la corrupción a sus justas proporciones. ¿Cuál es la justa proporción de robar el herbario público? O mejor aún, «corrupción hay en todos lados», pero pues, yo no vivo en todos lados vivo en Colombia. Ejemplos claros sobran: Reficar y el Túnel de la Línea, este úlitmo, con retrasos de tiempo colosales, sobrecostos, y aun después de su inauguración, se encuentra cerrado.

Lo sucedido en la capital la semana pasada con la minga indígena nos enseña de la empatía, debido a que con tanta estigmatización que inundó las redes sociales y los medios tradicionales sobre las infiltraciones de grupos armados (elefantes blancos que fabrican el Gobierno) y que solo ellos se lo creen y sus simpatizantes.

De los posibles focos de contagio de COVID-19 se les olvida las aglomeraciones del primer día sin IVA o la marcha del uribismo. La minga le enseñó a todo el país cómo se marcha: que sin policías no hay disturbios; que estos últimos son focos de violencia y no de orden. Algo que es un secreto a gritos.

Ahora, mientras a una hora y media de la capital los campesinos sacan su papa a las carreteras a vender a precios de regalo, el Gobierno autoriza compras de helicópteros y todos estos juguetes, mientras muchos ciudadanos sueñan con comer algo. ¿Nos robaron la empatía o la eliminamos?

Fuente / Columnista: David Zapata Lozano